septiembre 16

El futuro sólo existe en nuestro pensamiento; es por eso indispensable conocer el lenguaje para poder construirlo

 

El futuro sólo existe en nuestro pensamiento imaginativo como una mera proyección de lo únicamente real, el presente. Hoy en día, el Lenguaje, y con más profusión el político, vuelve a la jerga fascista, no exclusivamente a aquella que predicaba unos valores morales y patrióticos concretos, sino en cuanto que utiliza esa forma de comunicación que Adorno llamó “lenguaje de la autenticidad”, y que consiste en utilizar palabras abstractas con una carga valorativa no precisada que, inspirando en el subconsciente tanto del hablante como del oyente una idea de futuro tan incierta como poco imaginativa, intenta producir una especie de catarsis colectiva que activa el sentimiento y el que hacer humano hacia la aclamación o el cabreo. Palabras, como libertad, amor, fraternidad, solidaridad, paz etc, están, en estos tiempos que corren, desprovistas de idea, de concepto y solamente son sonidos que despiertan, como si de música se tratara, nuestros sentidos, sentidos que instintivamente dirigen formas de actuar en una dirección u otra dependiendo quién las pronuncie. Parece mentira, pero es verdad que, en la era llamada de la comunicación, las palabras se estén despojando de contenido significativo para ser meras imagenes estéticas reguladas por dos conceptos que parecían pertenecer al pasado, el bien y el mal, o eres positivo o eres negativo, o estás conmigo o estás contra mi. El futuro pues nunca existió como ente material sino únicamente como ente intelectual, y hoy no va a ser menos. La intelectualidad se trabaja con el lenguaje y éste, desprovisto de ideas, no es más que el aullido de un lobo. Pero no conviene olvidar que la idea es el intento de perfección en la especie humana, algo siempre inconcluso pero de busqueda constante, la utopía. La utopía no es exclusivamente patrimonio del soñador, como nos quieren vender determinados publicistas estéticamente intachables pero perversamente vacios, sino que es patrimonio de la idea, esto es, del intelecto y por lo tanto del ser humano en general. Nuestro derecho es pensarla y actuar en consecuencia, que no se engañe nadie.